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El heroísmo no se puede exigir, pero la cobardía no se puede disculpar (Valentín Moragas) |
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MUERTE DE UN EX PRESIDENTE / La opinión |
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El presidente que yo conocí |
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EUGENIO GALDON
«¡Sonríe, Leopoldo, que viene la tele!» Esta frase, pronunciada en tono cuartelero por un general de aficiones golpistas, era un buen compendio de la actitud de una parte de la milicia en aquellos tensos y primeros días de marzo de 1981. El presidente Calvo-Sotelo había reunido con toda solemnidad a la cúpula militar en la Sala del Consejo de Ministros del Palacio de la Moncloa para tratar sobre el intento de golpe y su enjuiciamiento, y aquel general le menospreciaba con una broma zafia, como haría en un cuarto de banderas. El presidente no tuvo que levantar mucho la voz para hacerse oír: «General; que yo sonría, como que usted sepa comportarse, son ambos imposibles metafísicos». La cara del militar varias veces laureado era un poema. Aunque no está claro que entendiera la expresión, comprendió inmediatamente que Calvo-Sotelo no estaba dispuesto a aceptar ni una muesca en la dignidad de un presidente constitucional de España.
En aquellos días se hizo cargo de un país en el que casi nadie creía. El abandono de Suárez, los ecos de la asonada, el desmoronamiento de su partido, las cicaterías del resto del arco parlamentario, la miopía de algunos medios, los crímenes de ETA, la crisis económica y el renovado aislamiento internacional, consecuencia del Tejerazo, dibujaban un panorama sombrío. Veintidós meses más tarde Calvo-Sotelo cedió el poder a la izquierda, que lo había obtenido en unas elecciones libres, con la normalidad propia de una democracia occidental. Entregó un país que había hecho prevalecer el poder civil y juzgado a los golpistas, que se había incorporado a occidente -a la OTAN, la mejor puerta para entrar en Europa-, un país que había puesto algo de orden en el galimatías autonómico, y que había recuperado el diálogo entre sindicatos y empresarios. Con Calvo-Sotelo, además, tomaron cuerpo en España los hábitos democráticos occidentales: ruedas de prensa abiertas, entrevistas sin guión previo, buen y frecuente parlamentarismo, y una vida personal lo más parecida a la de un ciudadano corriente.
Si el Rey y Suárez idearon la Transición, Calvo-Sotelo fue su ingeniero, se ha dicho. Desde la muerte de Franco y hasta la suya propia, dedicó la vida a proyectar, ayudar a construir y mantener intacto el puente entre la España imposible e irreconciliada del pasado y la España democrática, occidental y próspera en la que nos deja. Ese puente es la Transición. Abandonada la política de partido, Calvo-Sotelo nunca abandonó la Política. Junto con su amigo Suárez, cruelmente silenciado por la enfermedad, Leopoldo Calvo-Sotelo se sentía responsable de aquella obra de la Transición y, cuando lo creía necesario, desempolvaba los planos para dar algún buen consejo, o para afirmar, rotundo, que no era necesaria una segunda transición más que para deshacer el buen camino andado.
Inteligente, divertido, culto, amigo de sus amigos, pocos políticos han tenido una imagen pública tan distinta y distante del presidente que yo conocí. Una cultivada timidez y un país que no estaba para bromas contribuyeron a esa imagen suya de la esfinge que no fue. En aquellas brumas espesas nadie advertía su mano buscando la de su esposa y compañera del alma, Pilar, en medio de un acto público. O sus frecuentes salidas a cenar, o al teatro, con sus amigos de siempre, como había hecho siempre. O sus charlas y paseos veraniegos con sus vecinos de Ribadeo. O su presencia constante -irritante para algunos- en cualquier ciudad del País Vasco en aquellos funerales de las contraventanas cerradas a los que, semana si, semana también, acudía a aportar consuelo a las jóvenes viudas de todas las españas.
Gestionó el Estado con la generosidad y la austeridad de quien sabe que tiene una misión que cumplir que está muy por encima de cualquier ambición personal. Algún político ocurrente del siguiente Gobierno afirmó, tratando de ridiculizarle, que el equipo de Calvo-Sotelo cabía en un taxi. Es verdad que Matías Rodríguez-Inciarte, Luis Sánchez Merlo y yo -los tres formábamos su equipo más próximo-, junto con todos nuestros colaboradores, cabíamos en un autobús mediano. No iba con su personalidad ni el exceso, ni el dispendio, ni los adornos. Sin embargo, su huella en la libertad y la paz de que disfrutamos es mucho más profunda, y afecta a los propios cimientos de la democracia occidental que es España. Su obra no se quedó en la apariencia y quizás por eso hemos tardado en apercibirnos de su grandeza. Hoy que se ha ido empezamos a descubrirla. Descanse en paz el presidente y el fiel amigo.
Eugenio Galdón fue el jefe de Gabinete de Calvo-Sotelo y, en
la actualidad, es presidente de ONO.
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